Identidad y propósito

Somos morada de Dios

Karen Quiroz · 5 de septiembre de 2026 · lectura
Dos mujeres conversando y sonriendo, una con la mano en el hombro de la otra

Nuestras vidas estaban vacías y sin sentido antes de conocer a Cristo. Muchas heridas, rencores, errores y pecados caminaban con nosotras y nos hacían enfrentar la vida sin saber qué pasaría.

Lo hermoso fue cuando conocimos a Cristo. Nos dio una nueva razón de ser, nos lavó, perdonó, redimió, y trazó un destino totalmente distinto al que pensábamos. Ya no fuimos personas comunes y corrientes: nos transformamos en una morada, en una casa, donde la persona más importante que la habitaría sería el Espíritu Santo.

Si nos ponemos a pensar en que somos moradas donde el Espíritu Santo habita, nada más debería acompañarlo. ¿Por qué pensar que habrá más de un habitante en aquella morada?

Una residencia permanente

Una morada es un lugar donde se habita. La palabra griega para morada en este versículo significa «una residencia permanente». Toda cristiana conoce que Dios no habita en templos hechos por manos de hombre ni en edificios. En vez de eso, nuestro Dios ha escogido vivir en vasijas humanas: en los corazones y los cuerpos de su pueblo. Todos los que están en Cristo forman este templo, su habitación, su residencia permanente.

El Señor está en todas partes; su presencia llena todas las cosas. Pero de acuerdo con su Palabra, Dios mora en su pueblo.

No solo somos parte de la familia de Dios, sino que somos parte de su casa.

Lo que se acumula sin darnos cuenta

Si Dios mora en nosotras, nuestro trabajo es mantener esta morada libre de cualquier cosa que la quiera deteriorar o ensuciar. Dejar la basura lejos de casa, que cada habitación esté limpia y sin nada oculto, no acumular cosas que con el tiempo son estorbos y no ayudan en nada.

En una oportunidad en que me estaba cambiando de casa, mientras embalaba me di cuenta de cuánta basura y cuántos objetos inútiles guardamos. A medida que pasa el tiempo limpiamos, pero los papeles se vuelven a acumular y muchas cosas se transforman en basura.

Boté muchas cosas que solo ocupaban espacio y no dejaban que otras, realmente útiles, cumplieran la función para la cual las habíamos comprado.

Lo mismo ocurre con nosotras como morada espiritual: muchas veces nos llenamos de basura, de sentimientos dañinos que lo único que hacen es ocupar el espacio que le corresponde al Espíritu Santo.

Es tan agradable cuando nuestra casa está recién aseada: todo limpio, cada cosa en su lugar, un ambiente fresco donde todos queremos estar. A nadie le gusta vivir en medio de la suciedad. He visto cómo hay personas que acumulan y llenan cada espacio de sus casas con artículos que ni siquiera utilizan, hasta terminar viviendo en medio de cosas, sin espacio para nada más. Ahí hay un problema más profundo: vacíos interiores que se quieren llenar.

Hagamos un aseo profundo

Despojémonos de todo lo que impide la fluidez del Espíritu, de todo lo que nos quita la libertad, de toda amargura y de toda basura que estorba el trabajo de Dios en nosotras.

Saquemos el orgullo, la envidia, los celos, las contiendas, la falta de perdón, el enojo, los rencores, las enemistades, cualquier obra de la carne que es contra el Espíritu.

Limpiemos nuestro hogar. Hagamos de él un lugar fresco, espacioso, sin cúmulos de cosas inservibles. Que el fruto del Espíritu se haga manifiesto en cada una de nosotras, produciendo paz, gozo, amor, benignidad, fidelidad, bondad y humildad.

Seamos una morada hermosa para Dios.

Agradezcamos al Señor porque hizo de nuestras vidas su morada, porque habita en nosotras. Que la gracia de Dios nos ayude a mantener esa morada limpia, sin estorbos ni basuras que impidan su obra en cada una de nuestras vidas.

Karen Quiroz Berríos

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